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Por: Jenifer Osorio, Jefe de Prensa ONG Protección Canina Mundial
Cada tanto, Colombia se emociona con una historia viral de un perro rescatado, adoptado o entrenado para labores heroicas. Pero detrás de esas escenas emotivas hay una realidad compleja que estamos evitando mirar de frente: nuestra relación con los perros es, al mismo tiempo, de amor y negligencia.
Según el DANE, el 60% de los hogares colombianos tiene al menos un perro. Bogotá y Cali lideran en número de mascotas, y el fenómeno no da señales de detenerse. Pero ¿qué tan preparados estamos para convivir con esta nueva dimensión de la vida urbana?
En conjuntos residenciales y barrios populares por igual, se repiten las mismas quejas: ladridos incesantes, heces en espacios públicos, animales sueltos en zonas comunes. Un reciente informe publicado por El País señala que el 40% de los propietarios en edificios y conjuntos tienen conflictos por la presencia de perros. ¿El problema? No son los perros, sino los dueños.
A pesar de que la Ley 2054 de 2020 garantiza el derecho a transitar con animales domésticos en zonas comunes (siempre que usen correa, y bozal si es necesario), muchos ignoran estas normas básicas de convivencia. De hecho, según Red+ Noticias, muchos propietarios ni siquiera conocen las multas a las que se exponen por no cumplirlas: desde $190.000 hasta más de $580.000.
Esto se agrava con el manejo de las razas catalogadas como “potencialmente peligrosas”, como el Rottweiler, el Dogo Argentino y el Pit Bull Terrier. Estas razas requieren no solo bozal y correa, sino seguro y registro obligatorio. Sin embargo, los ataques continúan ocurriendo, y cuando suceden, no hay excusas: la ley es clara, y el dueño debe responder. Tropicana reportó recientemente los costos legales que puede enfrentar un propietario si su perro muerde a alguien. No son menores.
Pero la crisis no se limita a las ciudades. En las zonas rurales del país, los perros ferales —es decir, aquellos abandonados que se vuelven salvajes— están afectando directamente la biodiversidad. En Huila, la CAM (Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena) ha documentado ataques de jaurías a especies como la danta de montaña y el oso andino. No se trata de hechos aislados. En Risaralda y Antioquia, se han emitido alertas similares: los perros ferales están matando fauna nativa en zonas protegidas. Sí, la irresponsabilidad urbana está alcanzando incluso a nuestros parques naturales.
Y por si fuera poco, el problema también toca la salud pública. Bogotá ya registra más de 1.930 casos de mordeduras de animales transmisores de rabia solo hasta enero de 2025, superando el total del mismo periodo en 2024. A nivel nacional, la cifra roza los 14.000 ataques. Las consecuencias son graves y las autoridades, preocupadas.
Entonces, la pregunta es: ¿amamos realmente a los perros o simplemente los usamos para llenar vacíos? Porque amar también implica cuidar, educar, esterilizar, recoger sus excrementos, evitar su abandono, cumplir la ley. Amar implica reconocer que compartir la ciudad —y el país— con ellos nos obliga a ser ciudadanos más responsables.
Necesitamos campañas más fuertes de esterilización y adopción, pero también sanciones efectivas a quienes abandonan o maltratan. Necesitamos políticas públicas que entiendan la dimensión ambiental, sanitaria y legal del tema. Y sobre todo, necesitamos una ciudadanía consciente.
Porque si no actuamos pronto, la historia de los perros en Colombia dejará de ser una historia de ternura… para convertirse en un problema de salud, de ecología y de convivencia que ya estamos pagando caro.




